Autor: Diego Sánchez de la Cruz

La reforma de la Educación en España

Una de las debilidades silenciosas de la economía española es la educación. Las sucesivas leyes aprobadas en la democracia han sido incapaces de promover la excelencia académica en España, y han condenado a muchas generaciones a una preparación inferior a lo deseable. Integrarnos en la economía global supone ventajas, pero también importantes desafíos que no pueden ser ignorados.

El capital humano, las personas, son el eje de la economía del conocimiento y la innovación. Integrarnos en la economía global supone ventajas, pero también importantes desafíos que no pueden ser ignorados. El capital humano, las personas, son el eje de la economía del conocimiento y la innovación que todo país debe aspirar a tener.

España registra alarmantes estadísticas de abandono y fracaso escolar. Los exámenes internacionales de conocimiento dejan a nuestros escolares muy por debajo de los niveles europeos. El Informe PISA de 2006, en su análisis de las competencias de lectura colocaba a España en el puesto 22 de los 27 países miembros de la Unión Europea. En matemáticas, el puesto alcanzado era el 20; en ciencias, el 18. Según la OCDE, sólo el 64% de los españoles entre 25 y 34 años ha realizado estudios de Bachillerato o Formación Profesional, mientras que en la UE este porcentaje supera el 90%.

La reforma, por lo tanto, es necesaria para ganar en oportunidades y libertad a través de la preparación y el conocimiento.

LA EDUCACIÓN PRIMARIA Y SECUNDARIA EN ESPAÑA: APOSTAR POR LA EXCELENCIA

El sistema educativo español ocupa una cuestión secundaria en la agenda política española. Si escuchamos hablar del tema, lo hacemos por meras pugnas lingüísticas regionales. Por otro lado, con iniciativas como la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que ha dividido a la sociedad en partidarios y detractores de su inclusión en los planes de estudio, queda claro que nadie se plantea las reformas de calado que son necesarias.

La “pedagogía comprensiva” que inspiró las leyes en los 80 no tiene en cuenta el esfuerzo del alumno. Los planes educativos acumulados desde entonces alejaron el mérito de las aulas. Tan grave es el deterioro que la figura del profesor, clave en exitosas reformas educativas como la de Finlandia, se ve deteriorada, desprestigiada y hasta desautorizada.

El esfuerzo tiene que ser premiado. Los itinerarios deberían tener en cuenta la trayectoria académica; las becas y premios deben promover la excelencia… Los alumnos no pueden pasar de curso con tantas asignaturas suspendidas como actualmente.

Debemos explorar diferentes formas de gestión para la educación: en Suecia, el salto adelante se ha conseguido con la iniciativa privada; en Reino Unido, los mayores cambios en los últimos años han llegado con la creación de fundaciones educativas. La retribución o la flexibilidad de horarios en los colegios podrían atraer a profesionales preparados y motivados a las aulas. No podemos repetir los vicios de la universidad española, estancada por la “endogamia” de su profesorado.

Los esfuerzos por introducir la educación bilingüe son fundamentales para promover un mayor conocimiento del inglés en España. No se debe ahorrar en estas medidas, pues su éxito supondrá un importante salto adelante de la competitividad española. Respecto a las lenguas co-oficiales de algunas comunidades autónomas, se debería introducir su estudio en un régimen equilibrado con la presencia de inglés y castellano, y nunca excluyente de ninguna de las tres lenguas.

Otro caballo de batalla al que no podemos renunciar es el de la libertad de elección en el sistema. Hay que diversificar los idearios y currículos educativos, como ocurre con la universidad, para que esa libre elección de centro sea debido a criterios amplios. Por supuesto, el mérito académico tiene que ser el vector principal para esa libertad de elección familiar. Se podría fomentar esa sana carrera del conocimiento con la realización de exámenes nacionales que midiesen y publicasen los resultados del alumnado en los diferentes centros. Hacen falta indicadores que demuestren la realidad del sistema.

EL SISTEMA UNIVERSITARIO ESPAÑOL EN EL ESPACIO EUROPEO DE EDUCACIÓN SUPERIOR

El llamado proceso de Bolonia ha adaptado los currículos universitarios de la Unión Europea para crear un espacio educativo amplio, comparable e integrado. Se favorece la siempre necesaria movilidad estudiantil, optando por reforzar el espíritu de los exitosos programas de intercambio Erasmus.

Sin embargo, el sistema universitario español tiene retos propios. Masificación en las aulas, altas tasas de abandono, financiación insuficiente, ausencia de competencia de logros, escasa captación de estudiantes extranjeros, endogamia en el profesorado… En la universidad española entran muchos alumnos si tenemos en cuenta las cifras de fracaso escolar de la enseñanza obligatoria; pese a ello, el grado de abandono es muy elevado.

La iniciativa privada puede y debe aportar dinamismo a la universidad española. Tenemos casos de éxito internacional en escuelas superiores como el Instituto de Empresa, el IESE o ESADE (todos estos centros, ajenos a las regulaciones oficiales que encorsetan los grados universitarios). No podemos renunciar a la cooperación público-privada, capaz de darle la competitividad necesaria al sistema.

A menudo se pide que todas las universidades aspiren a impartir todas las carreras. Esto complica el desarrollo de facultades especializadas y excelentes en su campo, lejos del espíritu de los “polos de desarrollo educativo” que tanto éxito están teniendo en las zonas más avanzadas de Asia. Además, se entiende la “autonomía universitaria” de forma errónea: no se trata de entregar recursos y así garantizar una supuesta “autonomía”; se trata de entregar recursos, pero también de que se evalúen los resultados de la gestión de dichos recursos.

Debemos entender también que la asistencia a clase debería estar más controlada. El absentismo es tan elevado que pone en entredicho la exigencia del sistema. Hay que promover los “cupos” de asistencia mínima, que obliguen a asistir, al menos, al 70% de las clases de cada semestre.

La reforma educativa no podría olvidarse de la Formación Profesional, a menudo marginada en el debate sobre la cuestión pero muy importante para el salto cualitativo que han dado países como Dinamarca o Suiza. La formación permanente de calidad permite capacitar a los profesionales de forma superior, lo que les proporciona mayores oportunidades en el mercado laboral.

Finalmente, cabe subrayar que la tecnología debe ser usada como un aliado para el acceso a la documentación universitaria. La masificación de las universidades puede ser compensada con el acceso individual al conocimiento que puede fomentar un mix tecnológico atrevido y útil.

Analizando la competitividad de la economía española

El Foro Económico Mundial publica anualmente su Índice Global de Competitividad, un riguroso informe del estado de la economía a nivel internacional. El índice cobra especial relevancia en el contexto actual, con una crisis de efectos mundiales que está perjudicando el progreso socioeconómico de muchos países. Medir la competitividad es medir la capacidad para prosperar en un entorno económico multilateral.

El estudio analiza doce pilares: instituciones, infraestructuras, estabilidad macroeconómica, sanidad y educación primaria, educación superior, eficiencia mercantil, flexibilidad laboral, estabilidad financiera, adecuación tecnológica, tamaño del mercado, innovación y sofisticación empresarial.

El informe hace su primera mención a España al incluir a nuestro país entre los que sufrirán de forma más profunda la crisis económica. La evaluación de nuestra economía concluye que nuestro país retrocede cuatro puestos en el índice, ocupando ahora el puesto número 33.

El análisis del Foro Económico Mundial es especialmente duro en su calificación a la eficacia de nuestras instituciones, si bien el principal castigo lo sufre nuestro mercado laboral, que ocupa el puesto 97 dentro del índice general. Tampoco recibe una buena evaluación el mercado financiero (dañado por el estallido de la “burbuja inmobiliaria” y con las cajas de ahorro pendientes de reestructuración desde hace meses) o la categoría de innovación (que no ha incorporado plenamente a la empresa privada y ha sufrido además importantes recortes presupuestarios en los últimos tiempos). Además, el índice cuestiona la estabilidad macroeconómica española, con el fuerte endeudamiento de las cuentas públicas y las familias como motivo de preocupación.

Entre las ventajas de nuestra economía se mantiene el tamaño del mercado (principalmente, tras la internacionalización empresarial de los últimos 15 años en Latinoamérica), la calidad de las infraestructuras (que acumulan dos décadas de gran desarrollo) o la fuerza de la educación superior española (en contraste con la baja evaluación que se hace de la educación primaria, que lógicamente tiene un impacto mayor en la competitividad de los profesionales españoles).

También cabe subrayar el apartado dedicado al análisis de los factores agravantes de la crisis. El acceso a financiación y el inflexible mercado laboral son subrayados como los dos problemas principales, con la ineficiencia burocrática de las administraciones en tercer lugar.

Como anexo, el índice incluye varias clasificaciones dedicas a aspectos varios como los derechos de propiedad (España ocupa el puesto 43 de las 133 economías señaladas), la confianza en los dirigentes públicos (puesto 50), la independencia judicial (puesto 60), la percepción de despilfarro y gasto improductivo desde el sector público (puesto 49), los trámites administrativos y burocráticos (puesto 105), el gasto educativo (puesto 72), la calidad del sistema educativo (puesto 78), la calidad de la educación en ciencias y matemáticas (puesto 99), el efecto de los impuestos en los incentivos a la inversión y el trabajo (puesto 87), el tiempo necesario para abrir un negocio (puesto 108), la flexibilidad del mercado laboral (puesto 116) o la facilidad para acceder a préstamos bancarios (puesto 71).

Para consultar el informe completo, hagan click aquí.

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