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Paul Krugman culpa de la crisis… ¡a los empresarios!

Hace años, Paul Krugman pedía a la Reserva Federal que mantuviese el precio del dinero bajo mínimos. El hijo predilecto del progresismo (en lo relativo a los asuntos económicos) tenía claro que potenciar una burbuja inmobiliaria sería algo muy positivo para Estados Unidos y el resto del mundo. Los años han demostrado que su receta ha sido catastrófica.

Sin embargo, Krugman no se da por aludido y publica semanalmente nuevos disparates contra la economía de mercado. En su columna de hace unas semanas, el norteamericano admitió que el Plan Obama tuvo un resultado “decepcionante” para la creación de empleos… pero prefirió culpar de ello ¡a los empresarios!

Para Krugman, “los negocios estadounidenses estarían felices con Obama en un universo racional”. ¿Debemos asumir, entonces, que todo el que no comulgue con la política económica del Ejecutivo estadounidense no sólo es irracional, sino que casi resulta un extraterrestre? ¿Tan maravillosa es la política económica de la Casa Blanca que la burocracia de Washington tiene toda la razón pero millones de empleadores están equivocados?

Una de las medidas que toma Krugman para medir la temperatura económica es la Bolsa de Nueva York. Poco importa el resto del mercado: si Wall Street está mejor, eso significa que todos los empresarios deben estar mejor, y el que tenga algo que objetar, será porque pertenece a otro universo lleno de gente irracional…

El caso es que Krugman opina que hay una “profusión de alegatos demasiado críticos con las subidas de impuestos, la imposición de mayores regulaciones o el aumento del déficit presupuestario”. ¿Debemos asumir, entonces, que los empresarios tienen que aplaudir la creación de nuevas obstrucciones a su actividad? ¿Debemos defender, acaso, la creciente obesidad del Estado frente a la progresiva delgadez del mercado? No parece lógico.

Krugman define a los empresarios como un “coro que siempre se queja de los impuestos, las regulaciones y el déficit”. Lástima que el economista aún no haya entendido el efecto de dichas políticas en el irrenunciable papel que tiene ese “coro” para la recuperación y el crecimiento económico.

Para el economista norteamericano, todas estas quejas obedecen a esfuerzos de grupos de poder y asociaciones dedicadas al cabildeo político. No deberían parecerle tan ilegítimas, teniendo en cuenta que muchos lobbies han sido fundamentales para la elección del presidente cuya política económica defiende ciegamente contra toda evidencia empírica.

Al menos sabemos que su opinión es minoritaria: un estudio reciente ha demostrado que el 70% de los americanos cree en un capitalismo más libre y profundo para salir de la crisis. Apenas el 30% apoya el camino de la planificación y la intervención. Por eso, por mucho que Krugman pida que el gobierno “haga más para promover la recuperación”, es comprensible que la mayoría de sus compatriotas se muestre cada vez más agobiado por este insaciable Leviatán llamado Estado.

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